Una vez que empiezas a verlo, lo ves por todas partes. Es una negación colectiva. Lo que nos hemos negado a dejar ir: el final.
De repente nos conseguimos con Bryan Johnson, el millonario biohacker que se niega a morir. Se alimenta con un protocolo medido, se hace electroestimulación en el pene, se inyectó el plasma de su hijo, se somete a tratamientos que bordean la parodia para muchos médicos, y cuando le preguntan si algún día morirá, responde: “Falso”.
No se trata solo de él. Si vemos a nuestras generaciones más jóvenes, en su lenguaje han creado palabras nuevas para nombrar lo que no terminamos: ghosting, espacios liminales, benching, curving o requels. Son síntomas léxicos de una cultura que acumula finales inconclusos.
En el plano digital los fantasmas se reproducen. Reels reciclados, imágenes de archivo remezcladas, memes sin origen, voces clonadas de personas que ya no están. Nuestros muertos se vuelven hologramas. Todo eso que debería haber concluido con un punto final se ha quedado colgado en puntos suspensivos.
Y aunque parezca solo una rareza, una curiosidad más de la era de los algoritmos, esta incapacidad para cerrar capítulos tiene consecuencias. Nos impide imaginar el futuro. Porque en nuestra cabeza cuando nada termina, nada empieza.
Míralo en los negocios: marcas que fueron un boom y ya no lo son. Están medio muertas, pero siguen cotizando y están por ahí como zombies: WeWork, Vice, Beyond Meat.
Míralo en la política: Según el economista Jean-Paul Faguet el eje político “Izquierda-Derecha” está muerto, es “cada vez más irrelevante”. Sin embargo, sigue aquí, sostenido por una “gerontocracia política” que, como señala el analista Colin Dickey, “no puede imaginar un mundo sin ellos en control”.
El político que no se va y la marca zombi son un mismo síntoma: una civilización que ha perdido su capacidad más importante para la evolución: morir.
La pregunta no es por qué todo cambia y va tan rápido. La pregunta es: ¿por qué ya nada termina?
Hemos crecido en una cultura que nos enseñó a continuar, repetir, optimizar y escalar. Pero no a concluir. Y bajo los parámetros que vivimos, lo lógico es pensar que nada termina porque alguien se beneficia de este purgatorio.
Es como si nos estuviéramos convirtiendo en un “Proyecto Inmortal” y aceptando sin ni siquiera pensarlo. Y no lo hacemos porque todo va a la raíz de nuestra existencia: nacemos y crecemos con un miedo inconsciente a la muerte. Es un parámetro cultural muy occidental.
Y cuando ese miedo se combina con capital ilimitado, se convierte en un proyecto meticuloso de ingeniería.
Mientras nos relajamos en el sofá hay una pequeña élite mundial, movida por ese pánico, invirtiendo miles de millones en su escape. Este plan se basa en proyectos que gestionan los datos de todos nosotros para, en teoría, forjar un mundo más eficiente y más optimizado.
Es esta idea la que impulsa las grandes investigaciones de hoy: la biotecnología, los estudios sobre la longevidad y la extensión de la vida de Jeff Bezos, gemelos digitales y robotizados y, sin ir más lejos, la inteligencia artificial y la creación de superclústeres de datos y centros “titánicos” de almacenamiento.
Citando al economista de Harvard Jason Furman, casi todo el crecimiento del PIB estadounidense reciente (primera mitad de 2025) provino de una sola cosa: la demanda de centros de datos e infraestructura tecnológica asociada a la inteligencia artificial.
Sin esa inversión masiva en el “Proyecto Inmortal”, el crecimiento de la economía habría sido “prácticamente nulo” (0.1%).
Y en esto tenemos que ser transparentes. Es una tendencia global que no parece que vaya a ser reversible o cambiar, al menos a corto plazo.
El problema es que esto empieza a afectarnos a todos. Estamos pagando una factura. Los economistas la han llamado: “Bifurcación en K”.
En términos económicos recientes, la bifurcación en K habla de un gráfico económico que describe una polarización:
La rama de arriba de la K: Empresarios y grandes empresas con acceso a computación avanzada y datos que capturan la mayor parte del beneficio económico, aumentando su productividad y dominancia.
La rama de abajo de la K: Empresas pequeñas, regiones e individuos sin acceso a IA avanzada, que ven estancados o reducidos sus ingresos, provocando mayor desigualdad y concentración de riqueza.
Presente eterno
En 2013, el teórico Douglas Rushkoff llamó “Presente eterno” al fenómeno de vivir sin narrativas lineales. El lo explica como un estado cultural, psicológico y social donde el tiempo deja de funcionar como una narrativa lineal con pasado, presente y futuro.
En su lugar, todo se concentra en el presente, pero no un presente contemplativo o consciente, sino uno hiperacelerado y fragmentado donde:
El pasado se disuelve → por desconexión, pérdida de referentes comunes o porque ya no genera sentido.
El futuro se vuelve inaccesible → por la incertidumbre crónica, el colapso de los grandes relatos o el exceso de cambios.
Solo queda el ahora → pero un ahora lleno de movimiento, urgencias, acciones, ruido, saturación.
Analízalo a nivel colectivo. Su teoría ahora mismo es muy importante, porque jamás en la historia de la humanidad nos habíamos encontrado con tanta desconexión del pasado y tanta incertidumbre hacia el futuro. Y la reflexión es simple: si no tenemos un hilo que conecte quienes fuimos ni quiénes seremos, ¿quiénes somos ahora?
El médico y experto en trauma Gabor Maté habla de esto como una “pérdida del yo”. Cuando no hay dirección, no hay una narrativa interna clara. Y si no sabemos quiénes somos ni adónde vamos, sentimos una pérdida de identidad. En esa pérdida, lo que queda es el vacío. Y ese vacío, lógicamente, da pánico. Aunque sea fértil y nos ofrezca miles de posibilidades.
Cuando una sociedad pierde la capacidad de anclarse al pasado y de proyectarse al futuro, surge el vacío. Y ese vacío, como siempre, exige ser llenado. Sin una narrativa que ordene la experiencia temporal, las personas tienden a responder de dos maneras muy distintas: refugiándose en lo conocido o intentando cerrar ciclos por su cuenta.
El primer impulso colectivo es mirar hacia atrás. Por eso la cultura popular está inundada de franquicias, remakes y revivals: Star Wars, Matrix, Sex and the City, McDonald’s, Burger King, etc. Historias que no se atreven a cerrarse del todo y que prolongan su vida porque cerrar o cambiar por completo es perder. Lo mismo ocurre con el retromarketing de marcas que regresan a envases o logos antiguos o el boom estético de los 90 y 2000 en TikTok. La moda y la televisión que no están innovando están reanimando.
En lo espiritual, aparecen nuevas formas de religión tecnológica: rezar a un chatbot que simula ser Dios, interactuar con hologramas de fallecidos, hablar con bots que imitan a seres queridos. Son narrativas del pasado que permiten darle forma a un presente desbordado.
En política, el mismo fenómeno se expresa en la nostalgia por las “grandezas perdidas”: Make America Great Again y el retorno de valores tradicionales.
Pero también hay otro tipo de respuestas. Cuando el pasado no alcanza para contener el caos del presente y el futuro sigue sin aparecer, las personas comienzan a crear sus propios rituales de cierre.
Algunos son literales: experiencias en las que se paga por gritar en el bosque, llorar colectivamente o romper objetos. Otros, más explícitos: cartas públicas a exparejas, confesiones virales en redes sociales, funerales en vida, fiestas del divorcio, el movimiento “Muerte en positivo”. Todos estos ejemplos intentan suplir el duelo que no siempre nos permitimos hacer.
Aquí puedes ahondar más en esto en nuestro informe ¿Por qué hay más solteros y menos sexo?
Incluso las múltiples series y documentales de “true crime”, los memes sobre el colapso, o la fascinación con el apocalipsis o las conspiraciones, funcionan como mecanismos colectivos para digerir lo inconcluso y lo inexplicable. Son pequeñas catarsis que intentan ponerle punto final a lo que no cierra.
Si queremos diseñar el futuro, desde la cultura, la estrategia, las marcas o la política, primero tenemos que recuperar nuestra capacidad de salir del presente. Y eso comienza por una habilidad básica: saber cerrar.
Una marca no necesita “estar y actuar para siempre”. Necesita dejar huella.
Un relato no necesita ser eterno. Necesita terminar con sentido.
Un sistema no tiene que durar. Tiene que permitir el paso a lo que sigue.
Porque sin cierres no hay visión, sólo repetición.
Y sin visión, no hay dirección, solo estímulo constante.
Recuperar la capacidad de terminar es, paradójicamente, un acto radical que puede devolvernos el futuro.
No se trata de desaparecer lo viejo a la fuerza. Se trata de dejarlo morir con intención, con elegancia. No para negarlo, sino para liberar el espacio donde lo nuevo pueda comenzar. Porque lo que fue no determina la brecha de quien serás.
Quizás el mejor ejemplo que podamos tener a mano sea el de Rosalía. Después del boom global de Motomami, un disco que estiró los límites del pop contemporáneo con una mezcla frenética de géneros, Rosalía decidió hacer silencio. Desapareció de la exposición constante, rompió públicamente una relación ultra-mediática, canceló shows, se alejó de colaboraciones masivas… Y ahora reaparece con un trabajo que cambia de piel.
Su nuevo disco se siente como un acto de renacimiento. Más voz, más raíz, más pausa. Es menos “personaje” y más “presencia”. Se deshace de todo lo que fue, sin renegar de él. No niega a Motomami; lo honra al dejarlo atrás.
Rosalía está haciendo lo que muchas personas, marcas y figuras públicas no se atreven a hacer:
No seguir estirando el éxito de una fórmula que ya funcionó.
Asumir el riesgo de incomodar a su propia audiencia.
Reconectar con el silencio como recurso expresivo.
Lo increíble de este ejemplo es que ella sigue usando recursos tradicionales. Pero los transforma haciéndolos suyos. Retoma símbolos religiosos, estructuras musicales clásicas, estéticas corales... pero lo hace con un propósito claro: usar lo que conoce como material para construir algo que nadie esperó en el futuro. Quizás ni ella misma podía imaginarlo hace unos años.
Y ahí radica la relevancia de su actuación. Saber renacer.
Marcas, líderes, comunidades y nosotros como personas… todos necesitamos esa pausa. Ese punto final. Sobre todo ahora que muchas de las ideas con las que crecimos están perdiendo fuerza: cómo se construye una carrera, qué es una familia, cómo estoy en bienestar, que significa el amor... Todo esta cambiando.
Y eso significa que, nos guste o no, nos enfrentamos a situaciones, momentos y conversaciones agónicas. Tenemos que aceptar como sociedad que cerrar ciclos, ideas, creencias y negocios no es fracasar, sino darle sentido a las cosas. De lo contrario, seguiremos confundiendo preservar con progresar.




